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EL SANTO VIACRUCIS O EL CAMINO DE LA CRUZ (clic en la pintura)

EL SANTO VIACRUCIS O EL CAMINO DE LA CRUZ (clic en la pintura)
"Vía Crucis" del latín "Camino de la Cruz". También conocido como "Estaciones de la Cruz" y "Vía Dolorosa". Se trata de un acto de piedad, un camino de oración que busca con la meditación de la pasión y muerte de Jesucristo en su camino al Calvario. El camino se representa con una serie de catorce imágenes de la Pasión, denominadas estaciones, correspondientes a incidentes particulares que, según la tradición cristiana, Jesús sufrió por la salvación de la humanidad basados en los relatos evangélicos y la tradición. También se llama Viacrucis al recorrido de cruces que señalan un camino o una ruta donde se puede realizar este ejercicio piadoso.

VISITA AL SANTISIMO SACRAMENTO EN VIVO SANTUARIO NACIONAL SAN MAXIMILIANO KOLBE (clic en la foto)

VISITA AL SANTISIMO SACRAMENTO EN VIVO SANTUARIO NACIONAL SAN MAXIMILIANO KOLBE (clic en la foto)
¡DEJAME VER TU GRANDEZA, SEÑOR! Señor: me acaricias con la brisa, me besas con con la luz del sol, me meces en la olas de TUS playas, me animas con las gotas de la lluvia, me consuelas con TU PALABRA, me perdonas en el Sacramento de la Reconciliación y me das vida con la Eucaristía. ¡SI SUPIERAMOS LA GRANDEZA DEL SAGRARIO! Te das por amor en la Eucaristía, Te inmolas constantemente por mí. Aumenta mi amor por TI, y dejame ver TU GRANDEZA y sentir TU AMOR. ¡AMEN!

LA HORA SANTA PADRE MARTIN DAVALOS (clic en la foto)

LA HORA SANTA PADRE MARTIN DAVALOS (clic en la foto)
Estoy delante Tuyo, Espíritu de Amor, que eres fuego inextinguible y quiero permanecer en tu adorable presencia, quiero reparar mis culpas, renovarme en el fervor de mi consagración y entregarte mi homenaje de alabanza y adoración. Jesús bendito, estoy frente a Ti y quiero arrancar a Tu Divino Corazón innumerables gracias para mí y para todas las almas, para la Santa Iglesia, tus sacerdotes y religiosos. Permite, oh Jesús, que estas horas sean verdaderamente horas de intimidad, horas de amor en las cuales me sea dado recibir todas las gracias que Tu Corazón divino me tiene reservadas.

23 DE ABRIL 2017 DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA

"MUSICA NACIONAL, POPULAR, FOLKLORICA Y TESTIMONIAL DE NICARAGUA"

CORN ISLAND NICARAGUA 2014 (clic en la imagen)

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LITTLE CORN ISLAND ES EL PARAISO CARIBEÑOS DESDE 1950 - LITTLE CORN ISLAND IS 1950's CARIBBEAN PARADISE.

SANTISIMO SACRAMENTO, CALENDARIO LITURGICO, REZO DE ROSARIOS, ORACIONES, (clic en el dibujo)

SANTISIMO SACRAMENTO, CALENDARIO  LITURGICO, REZO DE ROSARIOS, ORACIONES, (clic en el dibujo)
AQUI VAS A ENCONTRAR SOBRE NUESTRA FE CATOLICA. TE SUGUIERO VISITAR CUANTO MAS PODAS LA HORA SANTA EN ADORACION AL SANTISIMO SACRAMENTO DEL ALTAR QUE ESTA ARRIBA.

FIESTAS MOVIBLES LITURGIA CATOLICA HASTA EL AÑO 2500 (clic en la imagen)

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MIERCOLES DE CENIZA - DOMINGO DE RAMOS - DOMINGO DE RESURRECCION - ASCENSION DEL SEÑOR - LUNES DE PENTECOSTES - CORPUS CHRISTI

HURACANES - TORMENTAS TROPICALES - TIFONES - CICLONES

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Los conceptos de tormenta tropical,ciclón,Huracán y Tifón, aunque diferentes, describen el mismo tipo de desastre. Estos sistemas se denominan "ciclón" en el Océano Índico y el Océano Pacífico sur, "huracán" en el Océano Atlántico occidental y el Océano Pacífico oriental, y "tifón" en el Océano Pacífico occidental.

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GRADUANDOS IV P.L.S 1964-1965. DE IZQUIERDA A DERECHA. PRIMERA FILA: FRANCISCO JOSE MAYORGA VALLADARES, FERNANDO QUINTANILLA ARGEÑAL, ABSALON GUTIERREZ PAIZ, MANUEL ALEJANDRO MADRIZ MARIN, DENIS ARAUZ MADRIZ, RAMIRO ORTIZ MAYORGA, SILVIO VIJIL O. SEGUNDA FILA: MYNOR ELIECER GARCIA GUEVARA, FERNANDO DELGADO MOLINA, GUSTAVO ADOLFO ZAPATA RODRIGUEZ, ORION BALDIZON SEQUEIRA, OSCAR OCON MAYORGA, ERWIN ESQUIVEL SILVA, ROBERTO PADILLA. TERCERA FILA: ORLANDO GUTIERREZ HUETE, MIGUEL GUERRERO REYES, BOANERGES FLORES CASTILLO, FRANCISCO JOSE PEREZ MURILLO, PEDRO JOSE TERAN ESQUIVEL, SANDOR MAYORGA PEREZ, MARIO ALVAREZ ROMERO, DENIS VICENTE PEREZ VALLEJOS, AGUSTIN VIJIL GUTIERREZ, FRANCISCO BONILLA MIRANDA. CUARTA FILA: GUILLERMO AGUILAR WAGNER, SERGIO BENITO DELGADO MIRANDA, SILVIO LUND GUERRERO, ARISTIDES SANCHEZ RODRIGUEZ, EDUARDO BONILLA MARTINEZ, FERNANDO JOSE BALDIZON LOPEZ.

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Sunday, October 30, 2016

LAS ULTIMAS COSAS: LOS NOVISIMOS O POSTRIMERIAS DEL HOMBRE - PARTE 10 DE 16

LAS ULTIMAS COSAS:
LOS NOVISIMOS O POSTRIMERIAS DEL HOMBRE
 EL PURGATORIO
La Tradición Cristiana
 
La idea del purgatorio -a base de la necesidad de rogar por los muertos- aparece clarísima y unánime desde los tiempos primitivos en toda la tradición cristiana oriental y occidental. Son tantos y tan claros los testimonios, tan sorprendente la uniformidad absoluta entre todas las iglesias cristianas, que no puede explicarse humanamente sino por el común origen apostólico de esta creencia en las purificaciones de ultratumba.
 
Tertuliano: «En el día aniversario hacemos oblaciones por los difuntos».
«Hasta el más pequeño delito tendrá que expiar el alma antes de resucitar, sin que esto obste a la plenitud de la resurrección gloriosa con el cuerpo».
 
San Ambrosio de Milán: «Más que llorar, es necesario ayudarla con oraciones. No la entristezcas con tus lágrimas, sino encomienda más bien a Dios con oblaciones su alma».
 
San Agustín: «Durante el tiempo que media entre la muerte del hombre y la final resurrección, las almas quedan retenidas en lugares recónditos, según es digna cada una de reposo o de castigo, conforme a lo que hubiere merecido cuando vivía en la carne. Y no se puede negar que las almas de los difuntos reciben alivio por la piedad de sus parientes vivos, cuando por ellas se ofrece el sacrificio del Mediador o cuando se hacen limosnas en la Iglesia».
 
San Cesareo de Arlés: «Porque, si no damos gracias a Dios en la tribulación ni procuramos redimir los pecados con buenas obras, seremos retenidos en aquel fuego purificador (purgatorio igne), hasta que todos los pecados leves, a modo de madera, heno, paja, queden consumidos. Pero algunos dicen: «No me importa el tiempo que me detenga, con tal de llegar al fin a la vida eterna». Que nadie diga eso, hermanos, porque aquel fuego purificador será más tremendo que cualquier penalidad que se pueda pensar, o ver, o sentir en este mundo».

San Juan Crisóstomo: «Pensemos en procurarles algún alivio del modo que podamos… ¿Cómo? Haciendo oración por ellos y pidiendo a otros que también oren, y dando limosnas… Porque no sin razón fueron establecidas por los apóstoles mismos estas leyes; digo el que, en medio de los venerandos misterios, se haga memoria de los que murieron… Bien sabían ellos que de esto sacan los difuntos grande provecho y utilidad. Porque ¿cómo no aplacaremos a Dios orando por ellos en aquel solemne momento, cuando todo el pueblo está con las manos levantadas al cielo junto con todo el clero -el sacerdocio todo- y está delante aquella soberana Víctima que infunde pavor?»
 
San Isidoro de Sevilla: «Ofrecer el sacrificio por el descanso de los difuntos, rogar por ellos, es una costumbre observada en el mundo entero. Por esto creemos que se trata de una costumbre enseñada por los mismos apóstoles. En efecto, la Iglesia católica la observa en todas partes; y si ella no creyera que se les perdonan los pecados a los fieles difuntos, no haría limosnas por sus almas ni ofrecería por ellas el sacrificio a Dios».
 
Si a los textos de los Santos Padres añadimos el argumento litúrgico sacado de las oraciones en favor de los difuntos que se leen en las liturgias hierosolimitana, romana, alejandrina, etiópica y milanense desde los tiempos primitivos; y los epitafios y demás inscripciones funerarias en las Catacumbas, en las que se alude con frecuencia a las purificaciones del más allá, hay que concluir que la prueba de tradición en torno a la existencia del purgatorio es una de las más firmes y seguras de toda la teología católica.

La Razón Teológica
 
«De los principios que hemos expuesto más arriba puede deducirse fácilmente la existencia del purgatorio. Porque, si es verdad que la contrición borra los pecados, no quita del todo el reato de pena que por ellos se debe; ni tampoco se perdonan siempre los pecados veniales aunque desaparezcan los mortales. Ahora bien: la justicia de Dios exige que una pena proporcionada restablezca el orden perturbado por el pecado. Luego hay que concluir que todo aquel que muera contrito y absuelto de sus pecados, pero sin haber satisfecho plenamente por ellos a la divina justicia, debe ser castigado en la otra vida. Negar el purgatorio es, pues, blasfemar contra la justicia divina. Es, pues, un error, y un error contra la fe. Por eso San Gregorio Niseno añade a las palabras citadas más arriba: «Nosotros lo afirmamos y creemos como una verdad dogmática». Y la misma Iglesia universal manifiesta su fe en él por las oraciones que hace por sus difuntos «a fin de que sean liberados de sus pecados»; lo cual no puede entenderse sino de los que están en el purgatorio. Ahora bien: el que resiste a la autoridad de la Iglesia incurre en el pecado de herejía». (De purgatorio (Suplemento.), a.1).

«Sin embargo, se ha de tener en cuenta que, por parte de los buenos, puede haber algún impedimento para que sus almas no reciban, una vez libradas del cuerpo, el último premio, consistente en la visión de Dios. Efectivamente, la criatura racional no puede ser elevada a dicha visión si no está totalmente purificada, pues tal visión excede toda la capacidad natural de la criatura. Por eso se dice de la Sabiduría que nada manchado hay en ella (Sap. 7, 25); y en Isaías se dice: Nada impuro pasará por ella (Is. 35, 8). Y sabemos que el alma se mancha por el pecado al unirse desordenadamente a las cosas inferiores; de cuya mancha se purifica en realidad en esta vida mediante la penitencia y los otros sacramentos, como se dijo antes. Pero a veces acontece que tal purificación no se realiza totalmente en esta vida, permaneciendo el hombre deudor de la pena, ya por alguna negligencia u ocupación o también porque es sorprendido por la muerte. Mas no por esto merece ser excluido totalmente del premio, porque pueden darse tales cosas sin pecado mortal, que es lo único que quita la caridad, a la cual se debe el premio de la vida eterna, como se ve por lo dicho en el libro tercero. Luego es preciso que sean purgadas después de esta vida antes de alcanzar el premio final. Pero esta purificación se hace por medio de penas, tal como se hubiera realizado también en esta vida por las penas satisfactorias. De lo contrario, estarían en mejor condición los negligentes que los solícitos si no sufrieran en la otra vida la pena que por los pecados no cumplieron en ésta. Por consiguiente, las almas de los buenos que tienen algo que purificar en este mundo, son detenidas en la consecución del premio hasta que sufran las penas satisfactorias. Y ésta es la razón por la cual afirmamos la existencia del purgatorio, refrendada por el dicho del Apóstol: Si la obra de alguno se quemare, será perdida; y él será salvo, pero como quien pasa por el fuego (I Cor 3,15). A esto obedece también la costumbre de la Iglesia universal, que reza por los difuntos, cuya oración sería inútil si no se afirmara la existencia del purgatorio después de la muerte; porque la Iglesia no ruega por quienes están en el término del bien o del mal, sino por quienes no han llegado todavía»  (Contra Gentes, IV, 91)

NATURALEZA DEL PURGATORIO
 
«En el purgatorio -escribe Santo Tomás- hay una doble pena: una de daño, en cuanto que se les retrasa la visión de Dios; y otra de sentido, en cuanto son castigados con fuego corporal. Y son ambas tan intensas, que la pena mínima del purgatorio excede a la mayor de esta vida» (De purgatorio (Suplemento) a.3).

A) La pena de dilación de la Gloria
 
Propiamente hablando, sólo en el infierno se da una verdadera pena de daño, ya que ella es el castigo ultraterreno a la aversión actual de Dios, que no se da en las almas del purgatorio.
 
El gran teólogo cardenal Cayetano prueba que no hay en el purgatorio verdadera pena de daño. Su razonamiento es el siguiente:
 
En el purgatorio se expían únicamente los pecados veniales (perdonados o no antes de morir) y los pecados mortales ya perdonados antes de la muerte. Por otra parte, la pena de daño corresponde al pecado por la aversión a Dios realizada por el pecador al cometerlo, y la pena de sentido corresponde al goce ilícito de las cosas creadas. Ahora bien: por los pecados veniales no se debe a nadie pena de daño, ya que el hombre no se aparta por ellos de Dios como último fin, sino tan sólo se desvía un poco del recto camino, pero conservando su tendencia principal a Dios. Y a los pecados mortales ya perdonados tampoco corresponde la pena de daño, ya que la aversión a Dios que hubo cuando fueron cometidos fue rectificada por el pecador al arrepentirse de ellos y volverse nuevamente a Él. Luego en el purgatorio no se da verdadera pena de daño por ninguna clase de pecados.
 
Toda la tradición católica está de acuerdo en que se trata de una pena intensísima, humanamente imposible de describir.

Cuán grande sea este dolor, podemos conjeturarlo por cuatro consideraciones.
 
En primer lugar se ven privadas de un tan gran bien precisamente en el momento en que hubieran debido gozarlo. Ellas comprenden la inmensidad de este bien con una fuerza que iguala únicamente a su ardiente deseo de poseerlo.
 
En segundo lugar advierten claramente que han sido privadas de ese bien por su propia culpa.
 
En tercer lugar deploran la negligencia que les impidió satisfacer por aquellas culpas cuando hubieran podido hacerlo fácilmente, mientras que ahora se ven constreñidas a sufrir grandes dolores; y este contraste aumenta considerablemente la acerbidad de su dolor.
 
Finalmente, se dan perfecta cuenta de qué tesoros inmensos de bienes eternos, de qué grados de gloria celestial tan fácilmente accesibles les ha privado su culpable negligencia durante su vida terrestre.
 
Y todo esto, aprehendido con conciencia vivísima, excita en ellas un vehementísimo dolor, como acá en la tierra lo experimentamos también de algún modo en las cosas humanas cuando se juntan y reúnen esas cuatro circunstancias.

B) La pena de sentido
 
La tradición católica está perfectamente de acuerdo en que las almas del purgatorio, además de la pena de dilación de la gloria en la forma que acabamos de exponer, sufren una especie de pena de sentido en castigo de los goces ilícitos de los bienes creados que se permitieron durante su permanencia en el cuerpo mortal.
 
En el purgatorio tiene que haber, por consiguiente, una pena de sentido, con mayor razón todavía que una pena de daño.
 
La tradición de los Padres latinos es casi unánime en favor del fuego real y corpóreo, en todo semejante al del infierno. Lo mismo opinan casi todos los teólogos escolásticos antiguos y modernos. Santo Tomás de Aquino identifica realmente ambos fuegos al colocar el purgatorio junto al infierno, de tal suerte que un mismo fuego atormentaría a los condenados y purificaría a los habitantes del purgatorio, cf. De purgatorio (Suplemento) a.2.
 
San Agustín explica hermosamente cómo una misma causa puede producir contrarios efectos según los sujetos sobre quienes recaiga: «Porque, así como con un mismo fuego resplandece el oro y la paja humea, y con un mismo trillo se quebranta la arista y el grano se limpia, y, aunque se expriman en una misma prensa el aceite y el alpechín, no por eso se confunden entre sí, así también una misma adversidad prueba, purifica y afina a los buenos, y reprueba, destruye y aniquila a los malos. Por consiguiente, en una misma calamidad, los pecadores abominan y blasfeman de Dios, y los justos le glorifican y piden misericordia; consistiendo la diferencia de tan varios sentimientos no en la calidad del mal que se padece, sino en la de las personas que lo sufren; porque, movidos de un mismo modo, exhala el cieno un hedor insufrible, y el ungüento precioso una fragancia suavísima» (De Civitate Dei, l I c.8 n.2)
 
Queda por determinar cómo un fuego material y corpóreo pueda atormentar a un alma espiritual. Todo se explica fácilmente si consideramos que ese fuego material es un instrumento de Dios para purificar al alma, y Dios puede muy bien utilizar un instrumento corporal para producir un efecto espiritual y aun sobrenatural; como ocurre, por ejemplo, con el agua del bautismo, que produce en el alma del bautizado nada menos que la gracia santificante.
 
El fuego obra sobre el alma, no por propia virtud, sino como instrumento de la justicia divina, del mismo modo que el agua bautismal produce, bajo la influencia de Dios, la gracia en nuestra alma. Si no se ha estado bien dispuesto a recibir los instrumentos de la misericordia divina, habrá que sufrir de parte de los instrumentos de su justicia. Este modo de obrar del fuego es misterioso; tiene por efecto, según Santo Tomás, ligar en cierto modo al alma, es decir, impedirle obrar como ella quisiera y donde quisiera, y le inflige de este modo la humillación de depender de una criatura material. Sufrimiento que no deja de tener analogía con el que experimenta una persona paralítica, que no puede hacer los movimientos que quisiera. 

¿Conformarnos con el purgatorio? ¡No!…estamos hechos para el cielo
 
En entrevista, el padre Ramiro Rochín, prefecto de estudios de Teología en el Seminario y director del Instituto Diocesano de Teología, nos explica algunos conceptos relativos al Purgatorio.
 
Siempre hay que aspirar al cielo. En esa radicalidad que Dios espera de nosotros. El pensar en el cielo nos impulsa a dar nuestro máximo esfuerzo. Se dice que quien llegó al purgatorio “ya la hizo”, en términos populares, porque todo el que llega al purgatorio, el tiempo que esté ahí, los sufrimientos que necesite para purificarse, eventualmente va a llegar al cielo.
 
Nuestro destino final son dos: el cielo o el infierno. El purgatorio sería un anticipo al cielo. ¿Conformarnos para el purgatorio?, ¡no!… estamos hechos para el cielo, nuestro hogar definitivo será el cielo.
 
El purgatorio
 
Muchas almas a la hora de la muerte tienen manchas de pecado, es decir merecen castigo temporal por pecados mortales o veniales, ya perdonados en cuanto a la culpa.  La Iglesia entiende por purgatorio el estado o condición en que los fieles difuntos están sometidos a purificación. 
 
Las almas de los justos son aquellas que en el momento de separarse del cuerpo, por la muerte, se hallan en estado de gracia santificante y por eso pueden entrar en la Gloria. El juicio particular les fue favorable pero necesitan quedar plenamente limpias para poder ver a Dios "cara a cara". 
 
El tiempo que un alma dure en el purgatorio será hasta que esté libre de toda culpa y castigo. Inmediatamente terminada esta purificación el alma va al cielo. El purgatorio no continuará después del juicio final.
 
Visiones de Santa Brígida sobre el Purgatorio 
 
Yo soy la Reina del cielo, dice la Virgen a la Santa; yo soy Madre de la misericordia; yo soy la alegría de los justos y la intercesora de los pecadores para con Dios. En el fuego del purgatorio no hay pena alguna que por mí no se haga más suave y llevadera de lo que de otro modo sería; tampoco hay ningún mortal tan desventurado, que mientras vive, carezca de mi misericordia, pues por mi causa, tientan los demonios menos de lo que en otro caso tentarían; ni hay ninguno tan apartado de Dios, a no ser que del todo estuviere maldito, que si me invocare, no vuelva a Dios y no alcance misericordia.
 
Revelaciones sobre el Purgatorio
Lo único que hace un alma cuando está en el Purgatorio es amar, pensar, arrepentirse a la luz del Amor que esas llamas han encendido para ellas, que ya son Dios, pero que, para su castigo, le esconden a Dios.
 
 
eress...TU

Tuesday, October 25, 2016

LAS ULTIMAS COSAS: LOS NOVISIMOS O POSTRIMERIAS DEL HOMBRE - PARTE 9 DE 16

LAS ULTIMAS COSAS:
LOS NOVISIMOS O POSTRIMERIAS DEL HOMBRE 
EL PURGATORIO
 
Noción:
Con la palabra purgatorio se designa el lugar o estado de las almas de los justos que murieron en gracia y amistad con Dios, pero con el reato (significa obligación que queda a la pena correspondiente al pecado, aun después de perdonado) de alguna pena temporal debido por sus pecados, es decir, imperfectamente purificadas de las faltas cometidas.
 
El Magisterio de la Iglesia
 
Concilio II de Lyón (1274): «Creemos que los que verdaderamente arrepentidos murieron en caridad antes de haber satisfecho con frutos dignos de penitencia por sus comisiones y omisiones, sus almas son purificadas después de la muerte con penas purgatorias» (Denz. 464).
 
Benedicto XII (1336): «Por esta constitución, que ha de valer para siempre, con autoridad apostólica definimos: que, según la común ordenación de Dios, las almas de todos los santos que salieron de este mundo antes de la pasión de nuestro Señor Jesucristo, así como las de los santos apóstoles, mártires, confesores, vírgenes, y de los otros fieles muertos después de recibir el bautismo de Cristo, en los que no había nada que purgar al salir de este mundo, ni habrá cuando salgan igualmente en el futuro, o si entonces lo hubo o habrá algo purgable en ellos, cuando después de su muerte se hubieren purgado…, estuvieron, están y estarán en el cielo…, donde vieron y ven la divina esencia… hasta el juicio y desde entonces hasta la eternidad» (Denz. 530).
 
Clemente VI (1351): «Preguntamos si has creído y crees que existe el purgatorio, al que descienden las almas de los que mueren en gracia, pero no han satisfecho sus pecados por una penitencia completa» (Denz. 570s.).
 
Concilio de Florencia (1439): «En el nombre de la Santísima Trinidad, del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, con aprobación de este concilio universal de Florencia, definimos que por todos los cristianos sea creída y recibida esta verdad de fe, y así todos profesen que… si los verdaderos penitentes salieron de este mundo antes de haber satisfecho con frutos dignos de penitencia por lo cometido y omitido, sus almas son purificadas con penas purificaderas después de la muerte» (Denz. 691-693).
 
León X (en su bula Exsurge Domine, de 1520): Condena, entre otras, la siguiente afirmación de Lutero:
 
«El purgatorio no puede probarse por Escritura Sagrada que esté en el canon» (Denz. 777).
 
Concilio de Trento (1534-1563): En la sesión 6, sobre la justificación (1547), definió expresamente la existencia del purgatorio en el siguiente canon contra los errores protestantes:
 
«Si alguno dijere que, después de recibida la gracia de la justificación, de tal manera se le perdona la culpa y se le borra el reato de la pena eterna a cualquier pecador arrepentido, que no queda reato alguno de pena temporal que haya de pagarse o en este mundo o en el otro en el purgatorio, antes de que pueda abrirse la entrada en el reino de los cielos, sea anatema» (Denz. 840).
 
Más adelante (en la sesión 25, del 3 y 4 de diciembre de 1563) promulgó el siguiente decreto sobre el purgatorio:
 
«Puesto que la Iglesia católica, ilustrada por el Espíritu Santo, apoyada en las Sagradas Letras y en la antigua tradición de los Padres, ha enseñado en los sagrados concilios y últimamente en este ecuménico concilio que existe el purgatorio y que las almas allí detenidas son ayudadas por los sufragios de los fieles y particularmente por el aceptable sacrificio del altar, manda el santo concilio a los obispos que diligentemente se esfuercen para que la sana doctrina sobre el purgatorio, enseñada por los Santos Padres y sagrados concilios, sea creída, mantenida, enseñada y en todas partes predicada a los fieles de Cristo» (Denz. 983).
 
Finalmente, en la profesión tridentina de fe, promulgada por Pío IV en 1564, se leen las siguientes palabras:
 
«Sostengo firmemente que existe el purgatorio y que las almas allí detenidas son ayudadas por los sufragios de los fieles» (Denz. 998).
 
La Sagrada Escritura
 
La doctrina del purgatorio se encuentra claramente expresada en la Sagrada Escritura, aunque falte la expresión material que se adoptó más tarde para designar el lugar de las purificaciones ultraterrenas.
 
a) Antiguo Testamento
 
El clásico y tradicional texto del segundo libro de los Macabeos es tan claro que el mismo Lutero, dándose perfecta cuenta de que con él se venía abajo su rotunda negación de que la Biblia hable del purgatorio, soslayó la dificultad insuperable negando el carácter canónico del famoso libro.
 
No advierte lo gratuito e infundado de su afirmación (todos los ejemplares griegos, latinos y siríacos, tanto impresos como manuscritos, traen uniformemente el famoso texto, lo mismo que la Vulgata, y los antiguos Padres le han conocido y citado sin ninguna duda ni variación).
 
He aquí el famoso episodio relatado en el libro segundo de los Macabeos:
 
Al día siguiente de su victoria sobre Gorgias, Judas Macabeo descubrió bajo las túnicas de sus soldados caídos en el campo de batalla algunos objetos idolátricos procedentes del pillaje de Jamnia, ciudad que habían destruido y saqueado poco antes. Estos objetos, según la ley judía, eran esencialmente impuros, por haber sido consagrados a los ídolos. Los soldados caídos habían cometido, por consiguiente, un pecado por haberlos retenido junto a sí. Todos vieron en su muerte un castigo de Dios por tal pecado.
 
Entonces:
 
«Todos bendijeron al Señor, justo juez, que descubre las cosas ocultas. Volvieron a la oración, rogando que el pecado cometido les fuese totalmente perdonado; y el noble Judas exhortó a la tropa a conservarse limpios de pecado, teniendo a la vista el suceso de los que habían caído, y mandó hacer una colecta en las filas, recogiendo hasta dos mil dracmas, que envió a Jerusalén para ofrecer sacrificios por el pecado; obra digna y noble, inspirada en la esperanza de la resurrección; pues si no hubiera esperado que los muertos resucitarían, superfluo y vano era orar por ellos. Mas creía que a los muertos piadosamente les está reservada una magnífica recompensa. Obra santa y piadosa es orar por los muertos. Por eso hizo que fuesen expiados los muertos, para que fuesen absueltos de los pecados» (2 Mach. 12,41-46).
 
Toda la tradición cristiana ha considerado este texto como demostrativo de la existencia del purgatorio. Sin duda ninguna, Judas Macabeo vio ante todo la futura resurrección de los soldados caídos; pero para que en la futura resurrección puedan tener parte entre el pueblo de Dios es preciso que se purifiquen antes del pecado cometido. Tal es la finalidad de la colecta que envió a Jerusalén para ofrecer sacrificios por aquel pecado. Los soldados caídos no estaban, por consiguiente, en el infierno, donde no hay remisión posible. Habían cometido una culpa que necesitaba perdón de Dios; pero ese perdón podía ser obtenido en la otra vida a base de las expiaciones ofrecidas por ellos acá en la tierra. No se trataba, pues, de un pecado grave -que les hubiera acarreado la condenación eterna-, sino de un pecado leve (por ignorancia de la ley o por conciencia errónea) o, al menos, de un pecado grave del que se arrepintieron antes de morir, como ocurrió con muchos de los que murieron anegados por las aguas del diluvio (cf. I Petr. 3,19-20). He ahí con toda claridad y nitidez la doctrina católica sobre el purgatorio, aunque no se emplee materialmente esa palabra.

b) Nuevo Testamento
 
Primero: Por esto os digo: todo pecado y blasfemia les será perdonado a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. Quien hablare contra el Hijo del hombre será perdonado; pero quien hablare contra el Espíritu Santo no será perdonado ni en este siglo ni en el venidero (Mt. 12,31-32).
 
Exégesis: La exégesis católica tradicional ha visto en estas palabras de Jesucristo una clara alusión al purgatorio, al menos de una manera indirecta. Porque, al decir que la blasfemia contra el Espíritu Santo no se perdona ni en este mundo ni en el otro, deja claramente entender que hay otra clase de pecados que se perdonan, al menos, en la otra vida. Pero en el otro mundo no se da perdón de los pecados en el infierno ni en el cielo, como es obvio; luego tiene que haber otro tercer lugar, que es, cabalmente, el purgatorio.
 
Segundo: Cada uno mire cómo edifica, que, cuanto al fundamento, nadie puede poner otro sino el que está puesto, que es Jesucristo. Si sobre este fundamento uno edifica oro, plata, piedras preciosas o maderas, heno, paja, su obra quedará de manifiesto, pues en su día el fuego lo revelará y probará cuál fue la obra de cada uno. Aquel cuya obra subsista recibirá el premio, y aquel cuya obra sea consumida sufrirá el daño; él, sin embargo, se salvará, pero como quien pasa por el fuego (I Cor 3,10-15).
 
Exégesis: Este es el texto clásico neotestamentario que han invocado los Santos Padres y teólogos para afirmar la existencia del purgatorio.
 
El purgatorio no lo menciona explícitamente San Pablo. Con todo, en su primera a los Corintios, o le menciona implícitamente o por lo menos establece los principios de los cuales se deduce lógicamente la existencia del purgatorio o de las penas temporales en la otra vida.
 
Bajo estas imágenes habla San Pablo de castigos escatológicos y temporales sufridos por faltas no graves.
 
De estas afirmaciones de San Pablo se desprende una conclusión: luego después de esta vida terrena se dan castigos temporales impuestos por faltas no graves.
 
El razonamiento de San Pablo se basa en dos principios:
 
Primero: toda falta no expiada por la penitencia recibe su merecido castigo de parte de Dios: de penas eternas por las faltas graves, de penas temporales por las leves.
 
Segundo: que, si llega el fin sin que antes se hayan expiado o castigado las faltas, reciben su correspondiente castigo.
 
Y presupone además San Pablo el caso o el hecho de que sobrevenga el fin sin que antes las faltas se hayan expiado o castigado.
 
Al morir, pues, cada hombre, siempre que se dé el caso previsto por San Pablo, es decir, que el hombre no haya expiado sus faltas leves con la penitencia (sea voluntaria, sea impuesta por Dios), subsiste el principio establecido por el Apóstol: que estas faltas han de recibir su merecido castigo después del fin de esta vida; castigo temporal y escatológico, en que consiste substancialmente el dogma católico referente al purgatorio.
 
Consiguientemente, de las afirmaciones de San Pablo se deduce lógicamente la existencia del purgatorio. 

El Dezinger
El uso del Denzinger debe realizarse con las debidas cautelas para no interpretar que todo lo que contiene dicha obra tiene el mismo valor doctrinal. Para su uso resulta imprescindible la lectura previa de las indicaciones para su uso teológico.
http://www.mercaba.org/VocTEO/D/denzinger.htm 
 
Dz¹: Dezinger, Manual de los símbolos, definiciones y declaraciones de la Iglesia en materia de fe y costumbres, originalmente compilada por Enrique Dezinguer y mas tarde aumentada.
 
El Magisterio de la Iglesia - Enrique Denzinger. Ed Herder. 1963
 
Explicación del Purgatorio y el Cielo - Padre Fortea  
El padre José Antonio Fortea es un sacerdote, doctor en teología y exorcista Español. 
 
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Monday, October 24, 2016

LAS ULTIMAS COSAS: LOS NOVISIMOS O POSTRIMERIAS DEL HOMBRE - PARTE 8 DE 16

LAS ULTIMAS COSAS:
LOS NOVISIMOS O POSTRIMERIAS DEL HOMBRE 
EL JUICIO PARTICULAR
 

¿Cómo es el Juicio que Dios te Hará Después que Mueras?
 
Antes que mueras, hay un tiempo de conversión y la misericordia divina te dará incontables oportunidades. El premio de tu comportamiento en la Tierra, será el Cielo. Pero si no, será el infierno.
 
Hay una parábola de Jesús que nos explica de una manera muy particular y didáctica la misericordia de Dios y su amor. Con ella se puede entender de una mejor forma el tema del juicio llamado particular. 
 
El Evangelio según San Mateo lo relata así:
 
 “«El Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña. Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. 
 
Salió luego hacia la hora tercia y al ver a otros que estaban en la plaza parados, les dijo: “Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo.”  Y ellos fueron. Volvió a salir a la hora sexta y a la nona e hizo lo mismo. 
 
Todavía salió a eso de la hora undécima y, al encontrar a otros que estaban allí, les dice: “¿Por qué estáis aquí todo el día parados?” Dicen: “Es que nadie nos ha contratado.” Diles: “Id también vosotros a la viña.” 

Al atardecer, dice el dueño de la viña a su administrador: “Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros.”  

Vinieron, pues, los de la hora undécima y cobraron un denario cada uno. Al venir los primeros pensaron que cobrarían más, pero ellos también cobraron un denario cada uno. Y al cobrarlo, murmuraban contra el propietario, diciendo: “Estos últimos no han trabajado más que una hora, y les pagas como a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor.“  
 
Pero él contestó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en un denario? Pues toma lo tuyo y vete.
 
Por mi parte, quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?”. Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos.»” (San Mateo 20, 1-16).
 
AMOR Y MISERICORDIA
 
El dueño de la viña ha encontrado a diversas horas a personas. A cada una la ha contratado en diferente momento, todos van a trabajar.

Si bien les pagan a todos lo mismo; ¿Acaso el que trabajó más merece igual que los que trabajaron menos? En realidad el tema no es el trabajo, sino que es la misericordia.

Analicemos cada personaje, cada detalle. ¿Quién es el propietario? Será Dios, el dueño de todo lo que hay…
¿Quién es entonces el obrero? Son las personas, en general, pero tienen una característica: se han encontrado con el dueño de la vid.

Entonces si el Jefe es el Señor, y el obrero son las personas; esto quiere decir que es un encuentro. Es la conversión personal.

Los que llegan a trabajar antes, es porque se encontraron a Jesús primero, pueden ser los que desde pequeños traen consigo su fe, y sólo necesitaban un pequeño empujón. En el encuentro con Dios, se entusiasman y van a trabajar por Él (en sus casas, en el matrimonio, sacerdocio, etc.)

Los otros son aquellos que en un momento de la vida, llegan a tener ese encuentro con Dios y dejan todo para ir a trabajar.

Cada uno en diferente momento de la vida. Incluso hay un grupito que llega ya cuando han terminado, o casi por terminar. Esos son los que en ese último momento se encontraron con Dios, y en ese instante se acogen a su misericordia.

Pues la hora del pago, no puede ser otra que el juicio. Allí vemos el amor y misericordia. Dios ha estado llamando en todo momento, y sin importar a qué hora llegan, les paga lo mismo.

Aquí la experiencia es que a todos los que se han encontrado con el Señor, la paga es el Cielo. Pues todos han llegado a trabajar. Todos le oyeron y le siguieron. En este caso no hay ninguno que se niegue, todos los que se encontraron con Dios se han salvado, por su misericordia.
 
Pues nadie pagaría a una persona algo, sin que trabaje.

DIOS QUIERE QUE TODOS SE SALVEN 

Te pagaré lo justo dice el propietario del viñedo. Entonces el reclamo que hacen los que trabajaron desde el principio parecería que tiene un buen fundamento.

Le han dicho te pagaré lo justo. Y eso ha consistido en un denario. Más los que llegaron de último han recibido lo mismo. ¿Es justo?

Obviamente no. Por eso se dice que los últimos han sido juzgados, según su trabajo, pero bajo la misericordia.

San Juan dice que el Hijo no ha sido enviado a juzgar sino para que el mundo se salve, por Él.

Dios como propietario de la vid envía, Jesús los convence de mil formas para que se salven. Porque mientras hay tiempo, hay misericordia.

Pero cuando le toque pagar, no puede darle algo que no ha cosechado.

Por eso la hora de la paga es como si fuera el juicio particular. Cada uno muere, y se enfrenta con el administrador, que le da el denario (Cielo) o nada (Infierno).

Vean, como en ésta parábola, Dios quiere enseñarnos su amor, su misericordia. 

Todos han recibido un encargo, un trabajo. Todos han sido llamados, y han respondido con generosidad y por ello el dueño ha pagado lo que consideró mejor para cada uno. Aunque haya sido el mismo precio.

Este pago “extra” a los que trabajaron menos horas sale de la ganancia del propietario, se le da a los que debieron ganar menos, pero ganaron un sueldo completo por la misericordia del Señor.

En otras palabras. Dios no se cansa de llamarnos para que nos convirtamos a Él, y al final de la vida, nos dé el premio: el Cielo. Porque por ello murió Cristo, para que todos se salven.

El mensaje de la parábola es notar como Dios no escatima en recursos para salvar a las personas. Por eso les paga con el Cielo, porque quiere que se salven. Dios llama, no quiere perder a la gente. El negocio de la vid, es la excusa perfecta para que la gente se tope con Él, se convierta y se salve. Así le pagará en el juicio particular, "El precio de tu elección". 
 
DIOS ES AMOR

Aún hay tiempo, mientras estés vivo, Dios te espera. Lo que cosechaste, esa será tu recompensa. Infierno, Cielo. Porque en ese instante de su muerte es juzgada la persona y con ello se decide.

Si necesita purificación irá al Purgatorio, con la esperanza de haberse salvado. Teniendo que pagar sí, pero sabiendo que algún día estará en el Cielo. Pero ¡pobres de aquellos que no se arrepintieron, ni fueron buenos! Pues la condena es el fuego eterno.

Cuando en 1857 Jesús se aparece a la Beata Madre Encarnación, es para recordarle al mundo que Él sufre, porque no quiere que ninguno de los hijos se pierda.
 
Es como le clavaran un dardo en el Corazón y se lo retorcieran. El ama mucho y no quiere que se pierda nadie. Por ello Santa Faustina recuerda que Jesús le ha dicho:

“Aun si un alma estuviese en descomposición como un cadáver y humanamente sin ninguna posibilidad de resurrección y todo estuviera perdido, no sería así para Dios.

Un milagro de la Divina Misericordia resucitaría esta alma en toda su plenitud. ¡Infelices los que no aprovechan de este milagro de la Misericordia Divina! ¡Lo invocaran en vano, cuando sea demasiado tarde!”

Dios es amor, pero también es justicia, por ello este es el momento de pedir misericordia.
 
Los que se salvan en el juicio particular digamos que ven a Jesús, pero no ven a Dios en su plenitud. Porque eso solo se va a poder hasta en el final de los tiempos. Los que reciben su premio o castigo lo hacen con todo el rigor que imprime el juicio pero de acuerdo a lo que hicieron en la tierra.

Mateo 20,1-16. La parábola de los obreros de la última hora. 
 
El Señor nos llama a trabajar en su viña 
 
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Sunday, October 23, 2016

LAS ULTIMAS COSAS: LOS NOVISIMOS O POSTRIMERIAS DEL HOMBRE - PARTE 7 DE 16

LAS ULTIMAS COSAS:
LOS NOVISIMOS O POSTRIMERIAS DEL HOMBRE
 
LA MUERTE
 
1. Origen de la muerte
 
La muerte, en el actual orden de salvación, es consecuencia punitiva del pecado (de fe, Dz¹).
 
En su decreto sobre el pecado original nos enseña el concilio de Trento que Adán, por haber transgredido el precepto de Dios, atrajo sobre sí el castigo de la muerte con que Dios le había amenazado y transmitió además este castigo a todo el género humano ; Dz¹ 788 s ; cf. Dz 101, 175.
 
Aunque el hombre es mortal por naturaleza, ya que su ser está compuesto de partes distintas, sabemos por testimonio de la revelación que Dios dotó al hombre, en el paraíso, del don preternatural de la inmortalidad corporal. Mas, en castigo de haber quebrantado el mandato que le había impuesto para probarle, el Señor le infligió la muerte, con la que ya antes le había intimidado ; Gen 2, 17:
«El día que de él comieres morirás de muerte» (= echarás sobre ti el castigo de la muerte) ; 3, 19: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella has sido tomado ; ya que polvo eres y al polvo volverás.»
 
San Pablo enseña terminantemente que la muerte es consecuencia del pecado de Adán ; Rom 5, 12 : «Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos Ios hombres, por cuanto todos habían pecado» ; cf. Rom 5, 15; 8, 10; 1 Cor 15, 21 s. 
 
San Agustín defendió esta clarísima verdad revelada contra los pelagianos, que negaban los dones del estado original y, por tanto, consideraban la muerte exclusivamente como consecuencia de la índole de la naturaleza humana.
 
Para el justo, la muerte pierde su carácter punitivo y no pasa de ser una mera consecuencia del pecado (poenalitas). Para Cristo y Maria, la muerte no pudo ser castigo del pecado original ni mera consecuencia del mismo, pues ambos estuvieron libres de todo pecado. La muerte para ellos era algo natural que respondía a la índole de su naturaleza humana; cf. S.th. 2 si 164, 1;111 14,2.
 
2. Universalidad de la muerte 
 
Todos los hombres, que vienen al mundo con pecado original, están sujetos a la ley de la muerte (de fe; Dz¹ 789).
San Pablo funda la universalidad de la muerte en la universalidad del pecado original (Rom 5, 12) ; cf. Hebr 9, 27: «A los hombres les está establecido morir una vez.»
 
No obstante, por un privilegio especial, algunos hombres pueden ser preservados de la muerte. La Sagrada Escritura nos habla de que Enoc fue arrebatado de este mundo antes de conocer la muerte (Hebt 11, 5; cf. Gen 5, 24; Eccli 44, 16), y de que Elías subió al cielo en un torbellino (4 Reg 2, 11; 1 Mac 2, 58).
 
Desde Tertuliano son numerosos los padres y teólogos que, teniendo en cuenta el pasaje de Apoc 11, 3 ss, suponen que Elías y Enoc han de venir antes del fin del mundo para dar testimonio de Cristo, y que entonces sufrirán la muerte. Pero tal interpretación no es segura. La exégesis moderna entiende por los «dos testigos» a Moisés y Elías o a personas que se les parezcan.
 
San Pablo enseña que, al acaecer la nueva venida de Cristo, los justos que entonces vivan no «dormirán» (= morirán), sino que serán inmutados ; 1 Cor 15, 51: «No todos dormiremos, pero todos seremos inmutados.» (La variante de la Vulgata [«Omnes quidem resurgemus, sed non omnes immutabimur»] no tiene sino valor secundario.) Cf. 1 Thes 4, 15 ss. Parece exegéticamente insostenible la explicación que da Santo Tomás (S.th. t ti 81, 3 ad 1), según la cual el Apóstol no pretende negar la universalidad de la muerte, sino únicamente la universalidad de un sueño de muerte un tanto prolongado.
 
 
 3. Significación de la muerte
 
Con la llegada de la muerte cesa el tiempo de merecer y desmerecer y la posibilidad de convertirse (sent. cierta).
 
A esta enseñanza de la Iglesia se opone la doctrina originista de la «apocatástasis»  (http://ec.aciprensa.com/wiki/Apocat%C3%A1stasis), según la cual los ángeles y los hombres condenados se convertirán y finalmente lograrán poseer a Dios.
 
Es también contraria a la doctrina católica la teoría de la transmigración de las almas (metempsícosis, reencarnación), muy difundida en la antigüedad (Pitágoras, Platón, gnósticos y maniqueos) y también en los tiempos actuales (teosofía), según la cual el alma, después de abandonar el cuerpo actual, entra en otro cuerpo distinto hasta hallarse totalmente purificada para conseguir la bienaventuranza.
 
Un sínodo de Constantinopla del año 543 reprobó la doctrina de la apocatástasis ; Dz¹ 211. En el concilio del Vaticano se propuso  definir como dogma de fe la imposibilidad de alcanzar la justificación después de la muerte; Coll. Lac. vii 567.
 
Es doctrina fundamental de la Sagrada Escritura que la retribución que se reciba en la vida futura dependerá de los merecimientos o desmerecimientos adquiridos durante la vida terrena. Según Mt 25, 34 ss, el soberano Juez hace depender su sentencia del cumplimiento u omisión de las buenas obras en la tierra. El rico epulón y el pobre Lázaro se hallan separados en el más allá por un abismo insuperable (Lucas 16, 26).
 
El tiempo en que se vive sobre la tierra es «el día», el tiempo de trabajar; después de la muerte viene «la noche, cuando ya nadie puede trabajar» (Juán 9, 4). San Pablo nos enseña : «Cada uno recibirá según lo que hubiere hecho por el cuerpo [ = en la tierra], bueno o malo» (2 Cor 5, 10). Y por eso nos exhorta el Apóstol a obrar el bien «mientras tenemos tiempo» (Gal 6, 10; cf. Apoc 2, 10).
 
Si exceptuamos algunos partidarios de Orígenes (San Gregorio Niseno, Didimo), los padres enseñan que el tiempo de la penitencia y la conversión se limita a la vida sobre la tierra. SAN CIPRIANO comenta:
 
«Cuando se ha partido de aquí [= de esta vida], ya no es posible hacer penitencia y no tiene efecto la satisfacción. Aquí se pierde o se gana la vida» (Ad Demetrianum 25) ; cf. SEUDO-CLEMENTE, 2 Cor. 8, 2 s ; SAN AFRAATES, Demonstr. 20, 12; SAN JERÓNIMO, In ep. ad Gal. III 6, 10; SAN FULGENCIO, De fide ad Petrum 3, 36.
 
El hecho de que el tiempo de merecer se limite a la vida sobre la tierra se basa en una positiva ordenación de Dios. De todos modos, la razón encuentra muy conveniente que el tiempo en que el hombre decide su suerte eterna sea aquel en que se hallan reunidos el cuerpo y el alma, porque la retribución eterna caerá sobre ambos. El hombre saca de esta verdad un estímulo para aprovechar el tiempo que dura su vida sobre la tierra ganándose la vida eterna.
Dz¹: Dezinger, Manual de los símbolos, definiciones y declaraciones de la Iglesia en materia de fe y costumbres, originalmente compilada por Enrique Dezinguer y mas tarde aumentada. http://www.corazones.org/doctrina/dezinger.htm http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/p0.htm
 
El Magisterio de la Iglesia - Enrique Denzinger. Ed Herder. 1963 http://es.slideshare.net/krouillong/el-magisterio-de-la-iglesia-enrique-denzinger-ed-herder-1963
 
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Friday, October 21, 2016

LAS ULTIMAS COSAS: LOS NOVISIMOS O POSTRIMERIAS DEL HOMBRE - PARTE 6 DE 16

LAS ULTIMAS COSAS:
LOS NOVISIMOS O POSTRIMERIAS DEL HOMBRE
¿CUÁNTAS Y CUÁLES SON?
 
He aquí cómo lo explica Santo Tomás de Aquino:
 
«Los lugares que corresponden a las almas se distinguen según los diversos estados de las mismas. Mientras el alma permanece unida al cuerpo, está en estado de merecer; pero al separarse del cuerpo está en estado de recibir lo que ha merecido, bueno o malo. Y así, si después de la muerte se encuentra en estado de recibir de una manera definitiva la suerte que le corresponde, irá al paraíso, en recompensa del bien, o al infierno, en castigo del pecado mortal actual, o al limbo de los niños, si no tiene otro reato (Resto de pena que queda por cumplir, aun después de perdonado el pecado) de culpa que el pecado original. Pero, si hay algún obstáculo que impida esta sanción definitiva, puede obedecer a dos causas: o al defecto de la misma persona, en cuyo caso va al purgatorio, donde queda retenida hasta que expíe totalmente los pecados cometidos, o al defecto de la sola naturaleza humana, y así los justos del Antiguo Testamento entraban en el limbo de los patriarcas, donde tuvieron que permanecer hasta que Cristo redimió al mundo pagando con su sangre el rescate de la humanidad pecadora (Suplemento, 69, 7).
 
¿DÓNDE ESTÁN?
 
San Agustín: «En qué parte del mundo está situado el infierno, no creo que nadie lo sepa, a no ser que se lo haya revelado el divino Espíritu».
 
San Gregorio Magno: «No me atrevo a definir temerariamente nada sobre este particular».
 
San Juan Crisóstomo: «No preguntemos dónde está el infierno, sino qué hemos de hacer para evitarlo».
 
Santo Tomás: «No creo que el hombre pueda saber dónde está el infierno».
 
Como se ve, todos estos textos se refieren al infierno; pero lo mismo podría decirse de los otros lugares de ultratumba. Sin embargo, pueden hacerse ciertas conjeturas, aunque en sentido un poco antropomórfico. La Sagrada Escritura -acaso por un fenómeno de sincatábasis divina, o adaptación a nuestra manera de hablar- suele colocar la gloria de los bienaventurados en las partes superiores del universo material, y el infierno en las inferiores.
 
Los antiguos, fijándose en este lenguaje escriturístico establecían el siguiente orden descendente:
 
1. Cielo.
2. Tierra.
3. Limbo de los patriarcas.
4. Purgatorio.
5. Limbo de los niños.
6. Infierno de los condenados.
 
He aquí algunos textos de la Sagrada Escritura en que se apoyaban: http://ecatolico.com/la_santa_biblia_catolica.htm
 
Y nadie podía, ni en el cielo, ni en la tierra, ni debajo de la tierra, abrir el libro ni verlo (Apocalipsis 5, 3).
 
Y le rogaban (los demonios) que no les mandase volver al abismo (Lc. 8,31).
 
Pero si, haciendo Yavé algo insólito, abre la tierra su boca y se los traga con todo cuanto es suyo y bajan vivos al abismo, conoceréis que estos hombres han irritado a Yavé. Apenas acabó de decir estas palabras, rompióse el suelo debajo de ellos, abrió la tierra su boca y se los tragó… Vivos se precipitaron en el abismo y los cubrió la tierra (Num. 16,30-33).
 
La Sagrada Escritura nos dice también que Cristo descendió del cielo a la tierra (lo. 6,38.41.51, etc.); descendió de nuestra tierra al infierno o limbo de los patriarcas (Eph. 4,9; I Petr. 3,19) y ascendió de nuestra tierra al cielo (Me. 16,19).
 
Son numerosísimos los pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento que aluden al cielo como un lugar al que hay que subir, o al infierno como un lugar inferior al que descienden los pecadores.
 
Es indudable que hay cierta relación de semejanza o analogía entre las alturas llenas de luz, que significan cierta elevación o grandeza -sea del orden que fuere-, y el abismo tenebroso como símbolo del castigo y abatimiento del culpable. El alma justa, que despreció las cosas de la tierra y supo pasar por este mundo con los ojos fijos en el cielo, es razonable que sea exaltada por encima de las estrellas; mientras que el hombre carnal y embrutecido, que vivió exclusivamente para las cosas materiales, sumergido en el fango de sus vicios, parece natural que descienda a un abismo infraterreno, tenebroso y profundo.
 
¿Es el CIELO un lugar? Y si lo es, ¿se sabe dónde está situado?
 
Ninguna de las dos preguntas puede contestarse con certeza en este mundo. La divina revelación nada dice, y la Iglesia nada ha declarado oficialmente.
 
Es evidente que antes de la resurrección del cuerpo puede concebirse perfectamente el cielo como un estado del alma, en el que ha encontrado su plena perfección y felicidad, sin que sea preciso recurrir a un lugar determinado.
 
Y aun después de la resurrección de la carne no es absolutamente necesario que el cielo sea un lugar concreto y determinado. Porque, aunque es cierto que el cuerpo, por muy espiritualizado que esté, continuará siendo material y extenso y tendrá que ocupar, por consiguiente, un determinado lugar, no se sigue de aquí que el cielo sea necesariamente un lugar concreto y común a todos los bienaventurados. En absoluto, cada bienaventurado podría tener su «lugar» y su «cielo» particular, ya que lo esencial del cielo es la visión beatífica, y ésta puede realizarse en cualquier parte donde Dios quiera manifestarse a través del lumen gloriae.
 
Cada uno de los bienaventurados podría ver a Dios en un lugar distinto del de los demás, habitando, por ejemplo, cada uno en una estrella del firmament.
 
¡Vemos a qué tonterías se llega por negar un lugar al Cielo!
 
No podemos seguir estas hipótesis.
 
EL PURGATORIO
 
La tradición cristiana ha concebido el purgatorio como un lugar determinado, como una especie de prisión donde las almas quedarían en cierto modo encadenadas por la justicia vindicativa de Dios.
 
Según el cardenal Billot, la existencia de ese lugar -lo mismo que los del cielo y el infierno- «responde a un sentimiento de los Padres y de los teólogos, del que nadie puede apartarse sin gran temeridad».
 
Santo Tomás de Aquino expone el pensamiento tradicional con mucha reserva y modestia, advirtiendo expresamente que no se trata de una verdad de fe ni plenamente demostrada por la razón teológica.
 
He aquí sus propias palabras:
 
«La Sagrada Escritura nada nos dice sobre el lugar donde está situado el purgatorio, y sobre este punto la razón está desprovista de argumentos decisivos. Sin embargo, es probable, y está más conforme a las declaraciones de los Padres y a muchas revelaciones particulares, que el lugar del purgatorio es doble. Según la ley común, es un lugar inferior, contiguo al infierno, de tal suerte que un mismo fuego atormenta a los condenados y purifica a los justos; pero los condenados están situados en la parte inferior, como corresponde a su situación moral. Por disposición particular de la divina Providencia, algunos difuntos pasan su purgatorio en diversos y determinados lugares, ya sea para instrucción de los vivos, ya para obtener de ellos los sufragios de la Iglesia que alivien sus tormentos.
 
Algunos creen que la ley común y general es que el lugar donde el hombre pecó sea el de su propio purgatorio. Pero esto no parece probable, ya que entonces tendría que recorrer sucesivamente todos los lugares donde pecó y no podría ser purificado de todos sus pecados a la vez.
 
Otros pretenden que, según la ley común, el purgatorio está colocado por encima de nosotros, o sea, entre el cielo y la tierra, como corresponde al estado de esas almas colocadas a medio camino entre la tierra y el cielo. Pero este argumento no prueba nada, porque los habitantes del purgatorio no son castigados por lo que tienen de superior a nosotros, sino por lo que hay en ellos de inferior, o sea, por el pecado». (De purgatorio (Suplemento) a.2.)
 
En definitiva: que nada se puede afirmar con certeza sobre si el cielo es un lugar y dónde está situado en caso de que lo sea.
 
EL LIMBO DE LOS PATRIARCAS Y DE LOS NIÑOS
 
Probablemente el limbo de los niños está situado en un determinado lugar.
 
Es evidente que antes de la resurrección de la carne no se requiere -hablando en absoluto- ningún lugar, pues no lo necesitan las almas, que son puros espíritus; bastaría que el limbo fuera un determinado estado. Pero al juntarse a sus respectivos cuerpos, éstos ocuparán forzosamente un determinado lugar, porque así lo exige la extensión corporal.
 
¿Dónde está situado ese lugar? Nadie sabe nada. Los antiguos creían que estaba junto al infierno, al borde o límite del mismo; de ahí su nombre de limbo.
 
San Alberto Magno coloca el limbo de los niños por debajo del antiguo limbo de los patriarcas, pero en una región superior al infierno de los condenados.
 
Santo Tomás de Aquino distingue ambos limbos en cuanto a la calidad de la recompensa o de la pena que en ellos se recibe, pero no en cuanto al lugar, que «probablemente -dice- se cree que es el mismo», aunque con dos especies de departamentos, de los cuales el superior sería el de los patriarcas y el inferior el de los niños.
 
En resumen: que, aunque parece probable que, al menos después de la resurrección de la carne, el limbo tenga que ser un lugar determinado, nadie absolutamente puede precisar con certeza dónde está situado.
 
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